Gobernar hoy


Hobbes niega el altruismo natural del hombre, afirma en cambio, su rapacidad innata, su inicial posición de guerra contra todos, la impotencia natural de la razón para guiarlo.

Tan sabias como ciertas son tales afirmaciones. Bajo esta óptica montamos al mundo de hoy.  Ayer las guerras hicieron deslizar los límites territoriales provocando nuevos países,  los hombres no se conformaron con ello y fueron por más. Las culturas se entremezclaron, los idiomas se globalizaron, las nuevas rutas que superan el sonido de las palabras unieron a poblaciones de distintos hábitat.

En un laberinto de ideas masificadas y copiadas se fueron extendiendo: el libre albedrio, las falacias subyugantes que acarrean la destrucción del ser humano hasta los parámetros más osados juveniles que pretenden confrontar con las nuevas proyecciones dinamizantes computarizadas, el latido inconfundible vigilante del aquietado cerebro estudioso del sentido común.

Hoy el atajo es la revuelta popular, el manotazo turbulento de rencillas que terminan apagando el fuego sostenido del gobierno de turno, minuto a minuto unos se controlan a otros, están listos para la guerra. El autoritarismo puertas adentro de las grandes potencias arrastra el descontento de las distintas clases sociales.

El imperativo categórico kantiano es un constante que pasea por todos los estrados,  visita al mundo occidental y oriental. La pugna es manifiesta desde la niñez hasta la ancianidad, la educación empobrecida y la pobreza agrandada son los ítems maquiavélicos que lisonjean palmo a palmo por doquier.

Todo es vertiginoso, rápido, impensado, ocurrente. Los tiempos apaciguados de la filosofía pura se han desintegrado dando lugar a la robótica que hizo que cada uno de nosotros esté representado por un número o código de barra.

Concluyendo, quien quiera gobernar una nación entera debe leer, en sí mismo, no a éste o aquél hombre, sino a la humanidad, cosa que resulta más difícil que aprender cualquier idioma o ciencia.

Junio 2011