La vida al margen de la ley

Por Lic. Beatriz Kalinsky (*)

El delito avanza y la reacción social se hace sentir cada vez con mayor rapidez tomando formas muy parecidas de quienes han desvirtuado el consenso social acerca de formas pacíficas y solidarias de vida. Pero si bien nadie comete crímenes porque decide de alguna forma hacerlo, el sistema carcelario muestra indicios sobre la crisis que está atravesando.

La licenciada Beatriz Kalinsky, antropóloga social-investigadora del CONICET, ha trabajado sobre un tema que despierta interés en la sociedad argentina, debido al incremento de la inseguridad y del delito: “La pena judicial y sus alternativas en áreas interculturales en la provincia de Neuquén, República Argentina”.

La sociedad frente al delito

La sociedad, aunque presionada por el miedo y el incremento de la delincuencia, no puede guiarse bajo el signo de la venganza social. Cada vez más lejos de este designio, conocido entre otras denominaciones como “la ley del talión” o por el “ojo por ojo y diente por diente”, la sociedad promueve ahora la recuperación de sus integrantes que han tomado caminos equivocados y la necesaria reinserción social de quienes, cumplida la sentencia, deben y pueden legalmente volver a la vida en una comunidad libre.

Las garantías constitucionales que se brindan a cualquier integrante de la sociedad son: el derecho a la defensa, el debido proceso, posibilidad de tener algún control sobre las pruebas que se van produciendo durante el proceso, tener defensor de oficio si no puede pagar uno particular, la prohibición de ser juzgado por comisiones especiales, no ser juzgado dos veces por el mismo delito, el principio por el que en caso de duda, ésta debe ser tenida en cuenta a favor del imputado, existencia de una ley previa a la comisión del delito, etcétera. Finalmente, el proceso judicial en donde se demuestra el delito cometido y se da una sentencia, que puede ser apelada en varias instancias, y que en el caso de quedar firme, conlleva el cumplimiento de la condena.

¿Cómo son las cárceles argentinas?

Las cárceles, sean federales o provinciales, no pueden cumplir con el papel asignado por la Constitución Nacional. El retorno de quien ha agotado su pena será cada vez más intolerable para la sociedad, porque esa persona, que se ha descarriado y ha pasado por la experiencia carcelaria para cumplir solo formalmente una sentencia condenatoria, que se quiere funcione como advertencia y asunción de la responsabilidad por el delito cometido, se transformará definitivamente en un miembro indeseable, recriminado, discriminado y finalmente, peligroso.

Las cárceles, por distintas causas, tampoco cumplen con requisitos imprescindibles: que sean sanas y limpias y que permitan la reinserción de las personas una vez completada la pena. Sobrepobladas, sin presupuesto y con falta de capacitación para la vida en libertad, se han transformado en jaulas que han sido denunciadas una y otra vez como “escuelas del delito”, casi como la peor forma de criminalización de las personas. Es cierto que de allí muchos salen con más condiciones para una vida delictiva que con las que entraron. La condena no es más que el paso del tiempo, un ocio obligatorio que se convierte en un castigo adicional, no contemplado por la Constitución Nacional.

Los detenidos dentro de la cárcel son objeto de continuas vejaciones, que repiten y magnifican la violencia como marca constante de sus vidas. Cuando empiezan a pensar en la necesidad de armarse de algunos elementos de contención para la salida en libertad, apenas pueden animarse a la sola idea de estar fuera. Tanto ha sido el esfuerzo puesto en la sobrevivencia dentro de la cárcel, que carecen de resto para proyectar una vida en la comunidad libre.

Al mismo tiempo, la familia se va desintegrando paulatinamente; dejan de visitarlo, para después abandonarlo, pues deben continuar con penosos procesos de sobrevivencia. Los hijos se vuelven vulnerables, sin el padre o la madre para guiarlos, quedando a la deriva y de quien pueda prestarles alguna ayuda; toman roles adultos y, careciendo de infancia o adolescencia, llegan incluso a seguir el camino de sus padres.

Las esposas no tienen sustento económico y muchas veces se prostituyen, al igual que sus hijas apenas adolescentes, para tener algún ingreso económico y también como forma de sentir que tienen existencia propia y de que alguien, quien sea y como sea, les de alguna importancia. Se denigran, se rompen lazos de parentesco, nadie responde a sus pedidos de auxilio, porque son personas en las que parece no valer la pena ayudar, orientar recursos o incluirlos en programas estatales o de organizaciones no gubernamentales de protección hasta que puedan resolver su situación de extrema escasez. La consecuencia es casi obvia: sus vidas -desordenadas, desvalorizadas, sin orden ni control- no tienen un buen porvenir. Es así como empieza o termina el círculo de la criminalidad del que es, sin duda, difícil salir.

Durante el cumplimiento de la pena no se generan formas de reacomodamiento de quien ha quebrantado la ley, no se trabaja caso por caso el cómo y el por qué del delito, ni se generan capacitaciones o destrezas para volver como una persona digna a vivir en libertad. La sociedad solo promoverá defensas contra quienes vuelven a ella aunque hayan cumplido con sus sentencias, porque se entiende que esa vuelta será para incurrir nuevamente en el círculo de la criminalidad.

El delito frente a la sociedad

El delito es un fenómeno universal que ha estado presente en todas las sociedades y en todos los tiempos. No se sabe bien por qué una persona comete un delito, pero hay muchos equipos de investigación trabajando en este tema, ya sea en forma general o específica (por formas de delinquir, por tipos de delito, por delitos cometidos por hombres y por mujeres, por jóvenes, adultos y niños, por localización, por clases sociales, por situación económica y laboral, etc.).

Si bien no hay conclusiones contundentes, se ha avanzado un poco en la índole del delito: ninguna de las variables citadas actúa en forma aislada sino mezcladas de una manera que todavía no es posible distinguir en qué medida influye cada una y en particular en cada caso. Cuando se comete un delito no hay ninguna decisión libre que lleve a considerar que ese delito sea una acción valiosa para la sociedad: se puede delinquir por necesidad y también por elección; se puede delinquir una sola vez en la vida o hacer de ello el estilo de una vida.

Hay personas que son más sensibles a inclinarse al delito por su historia personal, por las escasas posibilidades que tienen para elegir otras formas de ganarse la vida, o de arreglar los problemas que aparecen en el curso de una vida. En el acto delictivo se muestra que se ha estrechado el rango de respuestas posibles que puedan considerarse exitosas en la resolución de un conflicto preexistente. Si nos detenemos un momento para repasar el pasado de las personas que cometen delito, al menos aquellos que se hacen en forma individual contra otras personas (es decir, excluyendo los llamados de “guante blanco”, generalmente cometidos contra el Estado o formas organizadas como la mafia o el narcotráfico que son de otra extracción totalmente diferente), veremos que se trata de personas que han tenido infancias carentes de afectos básicos para desarrollar una personalidad firme y estable que les permita proyectarse como personas adultas responsables que puedan asumir los deberes que les corresponden como ciudadanos, y cumplir con las tareas que de ellos se esperan. Los detenidos de hoy han sido niños castigados, que no han podido acceder o completar la escuela, que no han tenido posibilidad de preguntarse lo que un adolescente se cuestiona: quién soy, para qué vivo, qué puedo hacer para mejorar mi vida, la de mi familia, la de mi comunidad, etcétera. Ellos han tenido muchas veces que abandonar sus casas muy tempranamente y valerse por sí mismos cuando no estaban en condiciones de hacerlo. Luego no se puede volver para atrás y empezar como si nada hubiera pasado.

Deben pagar la deuda con la sociedad para volver a empezar, siempre y cuando haya una segunda oportunidad. Esto, por ahora, es lo que falta.
En el caso de las mujeres se sabe que llegan al delito cuando sufren de violencia doméstica, donde no solo ella es castigada sino su bien más preciado, los hijos. Otras veces inducidas por sus esposos o compañeros de vida, sobre todo en el caso de robo y transporte de cantidades pequeñas de drogas, pero que la hacen retornar a la cárcel una y otra vez, sin poder despegarse del vínculo, desde luego enfermo, que les impide irse con sus hijos para volver a empezar.

Las mujeres encarceladas muchas veces han sido violadas durante su infancia, despreciadas, o desechadas como personas en todo el valor que cualquier persona tiene.

Quien ha trabajado con gente privada de la libertad sabe que han sido conductas a las que después no se les puede dar ninguna explicación satisfactoria. “¿Por qué no me fui?”, es la pregunta constante en el caso de las mujeres encarceladas, y víctimas de violencia familiar o de relaciones enfermizas con sus esposos o parejas. “¿Por qué hice lo que hice?”, es el cuestionamiento de hombres encarcelados e incrédulos de lo que ya no tiene vuelta. El delito no es algo que pase desapercibido en la vida de estas personas, sino que se siente como una rotura en la vida difícil de remontar.
Estas personas son también víctimas, casi iguales a sus propias víctimas.

Tienen este rasgo que, sin duda, no está presente en otras formas de romper con la ley, como lo son las organizaciones criminales o quien en una posición de poder decide y planifica cómo burlar las normas vigentes.

Estas personas actúan muchas veces impulsadas por sentimientos irrefrenables de enojo, exasperación, desdicha, creyendo que la violencia es la única forma para solucionar al conflicto que se enfrentan. El delito es siempre un borrón en la propia existencia. A veces, han apelado en más de una ocasión a vías capaces de escucharlos y ayudarlos a superar sus problemas. Esas otras posibilidades no han respondido como debieran, provocando que ellas se vean aún más debilitadas y restringidas en las opciones a su alcance. Entonces se apela a la violencia, como última y dramática forma de hacerse escuchar o, por fin, dar por concluido el problema.

(*) Antropóloga Social. Investigadora del CONICET

Septiembre de 2010 – Primera Edición