El Fracaso

Hay momentos en nuestra vida que por distintas circunstancias nos vemos fracasados. Llegamos a un estado de convencimiento que cualquier respuesta a ese fracaso no tiene sentido. Nos aquietamos de tal manera que no nos concentramos en buscar alguna solución. Somos implacables, nos transformamos en jueces de nuestro propia actitud. Quisiéramos por momentos tomar revancha por lo sucedido. De pronto, buscamos responsables en otros, en esta circunstancias no se salvan los amigos, los familiares, los compañeros de estudio o de trabajo. Todos son los culpables. Angustiados no sobrellevamos semejante carga: la frustración.

Buscamos el lugar ideal para dialogar con nosotros mismos puede ser nuestro cuarto, la biblioteca, el banco de la plaza , aquel bar, en fin un rincón totalmente solitario en donde nadie pueda intervenir en nuestra propio interrogatorio.

De ahí en mas una vez que estamos acondicionados para ser culpados por nosotros mismos, despiadadamente comienza la acusación. En un primer momento las apariciones en nuestra mente de semejante desastre son generales en donde conviven recuerdos de los terceros que participaron en esta mala idea de provocar nuestro fracaso por medio de consejos, ejemplos, felicitaciones (sin ningún fundamento básico) a los que escuchábamos con atención y cumplíamos fielmente al pie de la letra todos lo que nos aconsejaban que debíamos hacer y para no defraudarlos: lo hacíamos. Todo iba bien. Nadie podía pensar que el acontecimiento que nos llevó al descrédito podía suceder. Todo estaba planeado de tal manera que se esperaba realmente el éxito.

De las acusaciones generales pasamos a las particulares: nos recordamos del aquel que precisamente fue el mentor de esta hazaña, su mirada, cómo lo dijo, quién colaboró. Siempre hay uno mas responsable que otro. Degustamos en forma tirana ese momento. Recordamos cómo fue, en qué lugar, quiénes compartieron esas palabras. Examinamos nuestra conducta. Nos dimos cuenta que estábamos imbuidos en una fiesta de ideas compaginadas de tal manera que todo se circunscribía a obtener el éxito y no el fracaso.

Gozamos de tal siniestro recuerdo. Nos amargamos con una tiranía inquebrantable. Angustiados, entristecidos sostenemos que el mundo se nos desplomó encima nuestro y que nada ni nadie va a poder revertir semejante agravio, vergüenza, infortunio, desgracia.

Comprendemos que todo estaba programado para que salga mal. Que nunca debimos hacer o participar en semejante aventura. Ese sosiego nos carcome. Nos involucra dentro del contingente de los fracasados. Los que nunca llegan a nada. Los desposeídos de suerte. Semejante tribulación no tiene consuelo.

Una vez que analizamos prolijamente cada detalle de la situación estamos listos para dictarnos nuestra propia sentencia en donde para su dictamen fuimos implacables acusadores de nosotros mismos sin tener oportunidad de ser defendidos por nadie, claro que tenemos que tener en cuenta que el lugar que elegimos para pronunciar el dictamen fue en nuestro cuarto, en la biblioteca, en la plaza o en aquel bar que previamente observamos que era ideal porque nadie nos molestaría. Inconscientemente lo planeamos todo. Nos acomodamos para saborear la sentencia. Todo fue un fracaso. Es mas, todo será un fracaso. Nada ni nadie podrá revertir semejante conjetura. Hemos logrado tomar control sobre nuestra esperanza, nos damos cuenta que no servimos para nada. Nuestra mente nos repite SOS UN FRACASADO. Todo esto es una gran mentira del enemigo. El fracaso no existe si confiamos en Dios. El nos busca cuando menos lo esperamos. Nos sorprende en el momento mas desolado. Dios viene a levantarnos. Nunca nos deja desamparados.

En Dios siempre hay nuevas oportunidades a tal punto que muchas veces El permite que nos ocurran ciertas cosas que en principio son molestias para que tomemos otro camino. El verdadero camino de Dios.

Siempre hay sorpresas agradables en el transito de la vida espiritual. Planificamos de tal manera todo que cuando sobreviene algo negativo nos cuestionamos y no nos damos cuenta que Dios el perfecto organizador de nuestro destino lo permitió para hacer nacer en nosotros esa energía que teníamos adormecidas por comodidad, por ignorancia, por temer a lo desconocido.

El fracaso no existe si confiamos en Dios. El fracaso va a servir para liberarnos de esas ataduras, de la costumbre, de lo conocido. Vamos a descubrir un potencial que no estamos usando, hay ideas creativas que nunca salieron de nuestras mentes. No dejamos nacer nuestras ilusiones que están adormecidas.

Hay una parábola (1) que refleja el mundo de oportunidades que Dios nos brinda día a día.

Cuenta que Jesús está hablando que un hombre, dueño de la viña, salió durante cuatro horarios distintos a contratar gente que estaban en la plaza.
En la antigüedad cuando alguien era contratado, no mandaba currículum, estaba en una plaza, esperando que alguien viniera a contratarlo.
El hombre salió a la seis de la mañana eligió a los mejores que encontró sentados y se los llevó.

Luego, pasadas tres horas volvió al mismo lugar y contrató a otro grupo, llegó la hora del mediodía y nuevamente contrató a otras personas y dice la Palabra que alrededor de las cinco de la tarde volvió y lo mismo hizo con otro grupo de gente.

No es habitual contratar gente a la cinco de la tarde ya que no es horario para llevar ningún negocio adelante; pero dice la parábola que llegó a esa hora, dejando una enseñanza poderosa:

El dueño de la viña es Jesús, el de la cinco de la tarde somos nosotros. Pudieron haber pasado los mejores años de nuestra vida, tal vez se perdieron las mejores oportunidades o padecimos los peores fracasos, es decir, siguiendo la parábola los mejores horarios pasaron delante de nuestros ojos, pero Dios vendrá nuevamente a contratarnos, en la última hora, en el peor momento de nuestra vida a decretar que será mejor, que lo por venir es lo elegido por El para nosotros.

No importa cuánto tiempo estuvimos abandonados Dios vendrá a contratarnos para su viña.

(1) Mateo 20:1-16