Santidad en nuestros labios
Palabras, palabras y más palabras. El hombre no puede vivir sin comunicarse. Se ha convertido en un “palabra dependiente”. Pasamos la mayor parte de nuestro día hablando. Pero, ¿qué decimos?
Caminando por las calles de Buenos Aires escuchamos múltiples conversaciones, claro que cada uno de nosotros tenemos un mundo propio, pero hay un denominador común en todos ellos: el pesimismo, la crítica, la murmuración…
Es increíble cómo el hombre se halla “indefenso” frente al acoso permanente de las malas nuevas: los diarios, la televisión, la radio. Pareciese que se hubiesen puesto de acuerdo. Esta vorágine que se muestra tan cotidiana y normal ha ocupado un lugar sólido en nuestro país, nuestra sociedad, nuestra familia y en nosotros mismos como individuos.
Las palabras no son simples sonidos articulados que expresan una idea tal como lo define la Real Academia Española, sino que tienen poder para bendecir y maldecir, para plantar y arrancar, para destruir y edificar.
“La boca del necio es quebrantamiento para sí, y sus labios son lazos para su alma. Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas” (Proverbios 18:7-8)
Cada una de nuestras palabras atan el actuar del hombre, con la lengua condicionamos el libre albedrío. “Los labios del necio traen contienda y su boca los azote llama” (Proverbios 18:6). ¿Por qué? Dios creó este mundo con Su palabra. Dijo “…sea la luz, y fue la luz” (Génesis 1:3). Las palabras son las protagonistas de poner en acción a los distintos espíritus que atan al hombre, pueden afectar el destino de Dios para nuestras vidas generando falta de fe. Si hablamos palabras que hieren al otro, no sólo lo perjudicamos sino que además nos estamos cargando nosotros mismos, porque no nos edifica.
Todo lo que sale de la boca primeramente tuvo lugar en la mente. La mente ocupa un lugar importante en la vida del hombre porque su pensamiento influye fácilmente su accionar. Allí, se concentra el campo de batalla que el diablo y sus espíritus malignos utilizan para matar, hurtar y destruir todo lo que se encuentre a su alcance. La voluntad y el espíritu del hombre son como una ciudad que el enemigo quiere capturar; y la mente es el campo abierto donde se pelea la batalla. El apóstol Pablo dijo: “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levante contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo” (2 Corintios 10:3-5)
El resultado de esa batalla lo encontramos en la boca. Los malos pensamientos engendran palabras malas, hirientes, de temor, de incredulidad, maldicientes que perjudican nuestro diario vivir y el de nuestro prójimo. “Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados” (Proverbios 16:3)
La mente del hombre es la escena de una batalla en la que los espíritus malignos contienden con Dios. Estamos cegados como si alguien nos hubiese vendado los ojos para no ver más allá. No podemos ver la luz; es que a la mitad del túnel se hace difícil la salida si uno la busca por sus propios medios y con todas sus fuerzas. Es literalmente imposible que luchemos contra el enemigo porque por más que nos propongamos “atajar” un mal pensamiento no vamos a poder.
Cuando se halla la mente del hombre firme en el poder de Satanás se vuelve “endurecida” así, el hombre sigue los deseos del cuerpo que son claramente contrarios a la voluntad de Dios. La mentalidad de la carne es enemistad contra Dios.
Cada área de nuestro ser que no ha sido rendida y entregada completamente a Jesús es tomada por el diablo. Comienza con un trabajo lento pero certero y con un propósito seguro. De nosotros depende abrir o cerrar nuestro corazón, endurecerlo como piedra o ablandarlo con amor.
Somos los únicos responsables de la hoguera que encendemos. La lengua es un miembro pequeño, pero que se jacta de grandes cosas. Es un fuego, un mundo de maldad; está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo. (Santiago 3:5-6)
¿Puede una fuente dar agua dulce y salada a la vez? No nos edifica el hecho de que de la misma boca proceda bendición y maldición. Estamos a tiempo para que Jesús nos cambie: desde nuestra forma de pensar a nuestra forma de hablar. Si proferimos palabras bíblicas, Dios se apresura a ponerlas por obra porque en Él las promesas son sí y amén. El Padre se caracteriza por su fidelidad y misericordia que nueva es cada mañana.
Jesús dice: “Mas yo os digo que toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:36-37)
“Aparta de ti la perversidad de la boca, y aleja de ti la iniquidad de los labios. Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante. Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (Proverbios 4:24-27)
Cielos y tierra pasarán pero Su palabra es eterna. ¿Por qué seguir remando contra la corriente y no anclarnos en sus promesas de vida en abundancia?
Ya no pierdas más el tiempo, sólo abre tu corazón y espera en Él y Él hará.
Dios nos dice: Te unjo con mi santa unción. Mi mano estará siempre contigo, mi brazo también te fortalecerá. No te sorprenderá el enemigo, ni hijo de iniquidad te quebrantará; sino que quebrantaré delante de ti a tus enemigos, y heriré a los que te aborrecen. (Salmo 89:20-23)
Agosto de 2010 – Segunda Edición



