La tentación: Enemiga de nuestra alma
Día tras día nos vemos apresados por satisfacer deseos que en nada nos favorecen, no podemos sujetar nuestros impulsos ante la inclinación natural y no espiritual de adquirir determinado producto, servicio, entretenimiento…
La imposibilidad económica o cultural de obtenerlo nos envuelve en un malestar psíquico que devora nuestra alma y entorpece el entendimiento distrayendo la faena diaria a la que estamos destinados.
La pureza del alma no se pierde sin el consentimiento. El diablo puede tentarnos con pensamientos sucios, deshonestos, perversos, mentirosos. La contaminación del aire es preocupante pero la de la mente es una ida hacia el mal sin retorno.
Cuando empezamos a vivir despreocupadamente y a pecar ligeramente perdemos el temor a Dios, entonces las cosas nos son indiferentes y cuando por ese accionar sobreviene la trágica consecuencia nos lamentamos diciendo: “¡Soy tan débil!” No, tú no eres débil sino que no temes a Dios.
El principio de la sabiduría es el temor a Dios que es aborrecer el mal. Por amor a Dios tememos pecar contra El, dar un paso equivocado, en falso.
Obedecer la Palabra de Dios es tomar agua fresca del manantial de vida. Cuanto más nos acercamos a Dios en oración más resistimos al diablo el que huye de nosotros.
Ya David fue apresado por el pecado de la tentación cuando un día al caer la tarde, se levantó de su lecho y paseándose por el terrado de la casa real vio a una mujer que se estaba bañando. Era muy hermosa.
Envió David a preguntar por ella y le dijeron que era Betsabé, mujer de Urías heteo. En ese momento David no tuvo en cuenta que pertenecía a Urías y mandando mensajeros a buscarla durmió con ella. Luego, purificándose de su inmundicia, volvió a su casa. Pero ella concibió y lo hizo saber a David diciéndole: “Estoy encinta”.
Por ese entonces, Urías acatando la orden del rey volvía de la guerra. Fue así que David requirió la presencia de Urías ordenándole astutamente que regrese a su casa, pero no obedeció y se quedó durmiendo a la puerta de la casa del rey con todos los siervos de su señor y no descendió a su casa.
Al enterarse David que Urías desobedeció, le preguntó por qué no descendió a su casa, a lo que Urías contestó: “¿y había yo de entrar en mi casa para comer y beber, y a dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que yo no haré tal cosa”. ¡Sabes bien que se me necesita en el campo de batalla!
David ante tal encrucijada ordena en una carta poner a Urías al frente en lo más recio de la batalla y dejarlo sólo para que sea herido y muera. Así se hizo y Urías murió. Enterándose Betsabé de su deceso hizo duelo por su marido. Pasado el luto David la trajo a su casa y ella le dio a luz a ese hijo.
David pretendió ser prolijo encubriendo ante los demás su pecado pero se olvidó que Jehová los estuvo observando incansablemente y fue desagradable ante sus ojos.
Entonces fue Natán (enviado de Jehová) quien amonestó a David haciéndole saber que su hijo moriría y así ocurrió.
Vemos cómo David cayó en la tentación y cometió el pecado de adulterio. Las consecuencias fueron trágicas. El hijo, fruto de la desobediencia, murió. Fue arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Después, al concebir, dio a luz el pecado y éste llevado a su consumación engendró la muerte.
La persona que es sorprendida por tentación siente dentro de sí una especie de “tirón” hacia el objeto que la tienta en esa oportunidad (codiciando: placer, dinero, prestigio, poder, etc.). Precisada la tentación su concupiscencia es la que percibe el cebo con que la persona es atraída y seducida. Una vez que se ha consumado el hecho proveniente de la tentación a lo largo de la vida, siempre ocasiona trastornos insuperables y muchas veces no llegamos a comprender que nuestras insatisfacciones devienen de malas conductas que nos van atando día tras día.
El hombre creó el derecho para limitar sus impulsos estableciendo una condena hacia aquél que transgrede por su conducta la ley, pero más allá de poner normas de comportamiento social hay que buscar definitivamente la bendición de Dios mediante la sabiduría de su Palabra, fuente autónoma que nos guiará eternamente a no caer en la tentación.
Septiembre de 2010 – Primera Edición



