El Perdón
La raíz de los males que aqueja a una familia es la falta de perdón. Los grandes problemas y discusiones son consecuencias de no poder perdonar.
Quizá esta historia, entre tantas, nos ayude a revelar este misterio:
Laura de 28 años, casada hace 4 años con Javier, ve como su matrimonio se viene a pique. Las cosas no están muy bien. Cuenta que siempre imaginó a su esposo como “a la persona ideal”, el complemento para que su vida sea llena de felicidad y no de fracasos como lo había sido en su adolescencia.
Antes de conocerlo tuvo un pasado negativo en su propia familia. Recuerda que desde los 9 años de edad no podía soportar a su padre que llegara todas las noches de trabajar alcoholizado y maltratara a su madre.
Sin lugar a dudas que esta actitud produjo en la niña cierta impotencia y al mismo tiempo ODIO y RECHAZO hacia su ser más amado y cercano. Esta situación en la que debió sumergirse Laura fue empeorando en el transcurso de los años y ese ODIO fue creciendo paralelamente con la edad ocupando un lugar protagónico en su corazón. Nada ni nadie podría ayudarla a olvidar estos problemas que marcaron su vida para siempre, ni siquiera las buenas actitudes que algunas veces su padre tuvo con ella y con su madre cuando las llevaba a pasear los fines de semana.
Todo parecía estar perdido. Pensó en ponerle fin a tanto dolor dejando la casa para irse a vivir con su novio Javier (que años más tarde sería su esposo), en quien siente, hoy, el mismo ODIO de su pasado. ¿Por qué? Ve en él lo que veía antes en su padre.
No es casual que esta historia se repita en muchos de nosotros de diferentes formas, en distintas situaciones y con consecuencias aún mayores.
¿Cuál es la causa, por qué nos toca vivir así? Uno siempre ve lo malo, lo negro, lo oscuro en el otro y tal vez el que vive en tinieblas es uno mismo. Creemos que somos demasiado buenos, buenos hijos, buenos padres… y lo primero que sabemos hacer es juzgar pero nunca perdonar y así es como cosechamos luchas, rebeliones, disociaciones, palabras hirientes, malos tratos que se unen y forman un gran lazo de atadura llamado raíz de amargura.
Jesús, el Hijo de Dios, que vino al mundo NO a condenarlo sino a salvarlo y quien fue expuesto al maltrato arrastrado hasta lo más bajo, tuvo compasión y misericordia por la humanidad sabiendo que era pecadora, muriendo por todos nosotros para perdón de pecados. A través de Él, hoy podemos recibir una nueva vida dejando atrás el pasado que nos abrumaba y nos ataba. Pero ¿por qué hay que perdonar a alguien que me lastimó? Porque Jesús ya te perdonó primero muriendo por vos.
“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila”. Salmo 103:3-5
¿Y cuáles son las consecuencias de no poder perdonar?
La Biblia nos dice que quien no perdona queda expuesto a heridas, pensamientos y actitudes que permanentemente nos hacen recordar situaciones oscuras que gran sufrimiento nos causaron. En la vida de Laura, la falta de perdón frente a su padre dejó una herida abierta en su corazón, la que años más tarde se vio reflejada en su matrimonio desangrándose con mayor intensidad por no haberse cerrado a tiempo. Aquí vemos que la principal perjudicada en este juego es ella impidiéndose avanzar en la vida.
Si tomamos el ejemplo de la víbora de cascabel, cuando la prendemos por la cola seguramente vamos a ser picados y el veneno que se instala en esa zona se expande segundos después por todo el cuerpo hasta llegar al corazón y terminar con nuestra vida si antes no se logra conseguir el antídoto justo que lo detenga. Lo mismo ocurre con la persona que prefiere no perdonar. El veneno de la amargura comienza a esparcirse por toda su vida, destruyéndola y al mismo tiempo deteriorando su entorno.
¡Cuánto amor Jesús nos desea dar, no para que sea escaso sino para que sobreabunde! Él conoce nuestra necesidad, preocupación, dolencia pero quiere enseñarnos a que no dependamos de nosotros, de nuestras fuerzas, de nuestra inteligencia ni de nuestra propia justicia sino que dependamos y nos apoyemos enteramente en Él en quien hay salvación, libertad, comprensión, gozo, esperanza, benignidad y fortaleza.
Octubre de 2010


