¿Conocemos cómo tratar a la gente?

 

No debiéramos juzgar a los demás sin antes conocerlos. Comúnmente se tiende concebir la sociabilización como un instrumento necesario para indagar en la vida del otro a través de la pregunta y observación. Se ignora que lo único que se alcanza es generar un parecer erróneo acerca de su persona. No estamos sugiriendo que estos procedimientos sean categóricamente inservibles, pero afirmamos que ocupan un lugar secundario en el conocimiento de la gente.

La forma genuina de conocer al otro es el camino del discernimiento. La palabra discernimiento proviene del latín discern?re. La Real Academia Española lo define como:

“Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas…”.

El niño tiene la capacidad de observar, opinar abiertamente sin pensar aquello que se le presenta. Esta espontaneidad no admite vallas trazadas por la razón. A medida que pasan los años nuestro conocimiento, experiencia y observación se fue incrementando, sin embargo, nuestra habilidad para conocer a la gente parece disminuir.

En tanto aquellas observaciones del niño resultan acertadas y bastante ajustadas a la realidad. ¿Por qué? Se trata de una lectura espiritual que se tiene del mundo que nos rodea.

Esta apreciación despojada de todo pensamiento es una operación de pura intuición.

En un mundo espiritual Dios nos pide convertirnos y volvernos como un niño, si es que en verdad deseamos discernir espiritualmente.

Jesús tenía la capacidad en su espíritu de discernir aquello que se le presentara a mano captando automáticamente con qué tipo de ser espiritual trataba.

Cuando en nuestro espíritu mora el Espíritu Santo damos libertad para obrar en una nueva dimensión que alcanza la esencia del discernimiento del otro proporcionando una lectura de su persona. Recién ahí podemos decir que verdaderamente conocemos al otro.

Marzo de 2011, Primera Edición