Una distancia necesaria
Tiene la razón humana el singular destino en cierta especie de conocimientos, de verse agobiada por cuestiones de tal índole que no puede evitar, porque su propia naturaleza las crea y que no puede resolver porque a su alcance no se encuentran.
No se halla en esta situación por culpa suya. Por esta razón, empero, cae en la oscuridad y en la contradicción.
Este razonamiento kantiano advierte que el hombre de por sí llega a circunstancias que no puede controlar anticipando irremediablemente su frustración.
Estamos atravesando lo inexplicable, la conmoción interna en estos tiempos se ha adueñado de nuestros corazones con las ininterrumpidas noticias internacionales. Pareciese que involucionamos hacia un estado de naturaleza hobbesiano donde el designio o fin del hombre radica en el dominio sobre el otro. Se trata de la ley de la naturaleza. Es una condición de guerra permanente donde cada uno es gobernado por su propia razón. Tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso a comprometer libertades ajenas al problema acuciante por el que está atravesando.
Enmarañados en un mar de globalización que se levanta día tras día con una furia imparable en la que no basta el dominio propio sino que se incursiona sobre lo ajeno, responsabilizando a cada uno de los países que conforman el globo, clasificándolos como “aliados” o “enemigos”, antedatadamente al inicio de cualquier movimiento bélico.
Deben los hombres de gobierno observar sus vicisitudes internas. Los tiempos de las potencias miran hacia lo poderoso, lo magnánime, por el contrario los países que aún están encontrando sus propios sueños, no comprenden aquellos códigos. Éstos van hacia el progreso, los otros ya están de vuelta y han obtenido su “imperio”. Es hora de poner distancia.
Octubre 2011



