Caminando en el espíritu
¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? El que camina en justicia y habla lo recto; el que aborrece la ganancia de violencias, el que sacude sus manos para no recibir cohecho, el que tapa sus oídos para no recibir propuestas sanguinarias; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala; éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras. (Isaías 33:14-16)
Muchos son los desafíos que se nos presentan momento a momento. Vivimos en un mundo complejo y globalizado donde la compulsión al consumo está al orden del día.
Aquel objeto “apetecible”, ha sido quizás creado fuera del alcance de nuestras necesidades. Ya no me conformo con lo que tengo, quiero más.
El frenesí consumista se desarrolla bajo la lógica de la maquinaria del deseo impuesto, y no propuesto. ¿Se puede hablar de margen de libertad a la hora de tomar una decisión?
Simplemente estamos atravesamos por una cosmovisión del mundo que, lejos de permitir ser cuestionada, se la acepta como tal, en este sentido, “viene dada”.
¿Cómo se alcanza la libertad para vivir en un mundo condicionante que al mismo tiempo ejercita su poder de coacción sobre el individuo? Resulta fundamental separar el caminar diario de la carne de aquel del espíritu.
El primero es la faz humana, aquella de las necesidades biológicas; en tanto el segundo, pertenece a lo invisible a primera vista que le da vida a nuestras acciones, hablamos de un plano inmaterial.
Muchos consideran sola la importancia de lo material, es decir, todo lo vinculado a la supervivencia del hombre, olvidando o dejando en un segundo plano lo esencial: el espíritu. Así como el alimento diario representa el combustible para encender el motor rutinario, la Palabra de Dios cumple el mismo propósito en el plano del espíritu.
Alimentar el espíritu es dar nacimiento a una nueva mirada de la vida. Implica encararla alejada de deseos impuestos por nuestro entorno que no resultan cuestionados sino solo aprehendidos. El sentido de vaciedad humana se comprende dentro del proceso de permanente despersonalización que conlleva al saqueo de la libre voluntad. Nos remite a interrogantes sin respuestas que cuestionan el verdadero sentido de la vida y nuestra identidad.
Vivir en el espíritu es caminar seguro, buscando y siguiendo la voluntad de Dios. Un guía que se define a través de los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Sin duda implica un trato especial para nuestro carácter asimilable a una roca que, poco a poco, va moldeándose dejando fuera las impurezas del alma. Las pruebas, vale decir, las dificultades que atravesamos, representan la lima de nuestra carne. Al final del túnel está la luz, la libertad total de gozar sin condicionamientos impuestos.
Para llegar a ese nivel, Dios nos invita a hacer un pacto. Nos desafía a romper las cadenas de ataduras mentales, espirituales y físicas. ¿ Cómo? Permitiendo ser guiados por su Espíritu, confiándole todas nuestras cargas y preocupaciones diarias. Donde termina la mano del hombre, empieza la mano de Dios.
Diciembre 2011



