En busca del futuro: Un punto en el horizonte
Me ha tocado alguna vez hacer un turno en el tractor. Distintos laboreos como sembrar, disquear, desmalezar, etc.
Hace unos años, enganché a un viejo tractor el disco de doble acción y me fui al potrero con el propósito de adelantar trabajo. Era un lote angosto y largo.
Lo encaré al cejo, como corresponde. Esto quiere decir de una esquina a la mitad del lado opuesto (no al otro vértice). Clavé la máquina y adelante. Cada tanto miraba para atrás, controlando el trabajo.
Cuando llegué a la cabecera de enfrente, hice un rulo para dar la vuelta y me puse en dirección contraria para volver a la par de lo ya hecho.
Vaya sorpresa, lo que debió ser una recta, era una banana. Por lo tanto quise enderezar…fui y vine un par de veces más, en vano…un desastre. Entonces, con mucha vergüenza, desenganché el disco y me volví a las casas. Cuando llego, con la cabeza gacha, me acerqué al tractorista y le conté mi experiencia.
Fue muy claro y respetuoso. La cuestión es así: hay que buscar un punto en el alambrado al que uno enfrenta, y otro, en el horizonte, lo más lejano posible, y así trazar una recta. Evitar mirar para atrás, solamente alguna ojeada de refilón (como para controlar que todo ande bien), y luego buscando los mismos puntos a lo lejos, solo se encuentra el rumbo.
Y así fue. Fui y vine lo más correcto, con entusiasmo grande por hacer las cosas como se debe. Además, trabajar la tierra, con ese aroma a suelo húmedo, produce un placer especial.
Mientras cumplía mi tiempo, sentado, yendo y viniendo con el tractor, pensaba: “En el fondo es como la vida. Uno debe tener la mirada en un horizonte lejano, es el futuro. Con un punto de referencia anterior, a corto plazo, pero siempre enderezando con aquel distante. Es la forma de marchar derecho. Al pasado, solamente un vistazo, o cuando el tiempo sea el indicado.
No se puede andar mirando la trompa del tractor, o ahí no más. Peor aún, cabeceando seguido hacia atrás, para notar lo hecho (lo que fue), por extraordinario que haya sido, porque seguro que nos desviaremos o seguiremos torcidos si lo recorrido no fue lo previsto.
En cambio, si nos proyectamos allá, en el tiempo, siempre a dónde nos de la vista o nuestras aptitudes potenciales, que no deben ser necesariamente las de hoy o las que tengamos a mano, sino otras, la de los sueños, que en definitiva nos mantendrán despiertos hoy, ahora, tendremos así fantasía pero sin ser fantasiosos.
Es ella la que nos mueve día a día. Amanecemos, abrimos la ventana y ahí está el sol, todos los días, como todas las noches se manda a guardar.
Pero también la sociedad, una comunidad grande o pequeña, un pueblo, una provincia o un país, debe tener su punto de referencia cerca y otro de máxima lejos, porque será su mañana, su esperanza, su porvenir.
No tendrán destino aquellos miopes, por elección o forzados, que no quieren ver o no pueden o no los dejan, más allá de ahí, del ya. Para quienes un mes es un año, y éste es impensable.
Aquellos, cuya única fantasía es comer, el día a día, y de mano ajena, conformes con ello viven su vida republicana, no alcanzan a ser ciudadanos. Porque una nación se construye con realidades sí, pero también con ilusión. A cambio de esperanzas, quimeras.
No se pueden estandarizar los sueños, desde ya, pero tampoco se deben suspenderlos, menos todavía expropiarlos y destruirlos. Porque ellos movilizarán nuestras pasiones, las necesarias para pretender algún objetivo mañana.
Mirar al futuro disimula muchas veces frustraciones del presente o potencia sus aciertos. Nos permite reprogramarnos, corregir o incluso cambiar el rumbo. Debemos soñar sin ser permanentes soñadores. Podemos ilusionarnos pero no ser ilusos. La perspectiva no debe ser presuntuosa y menos un capricho. Es por ello importante trazar una recta entre el hoy, el pronto y la espera.
Un punto está en nuestros ojos, otro en el alambrado y el último, en la referencia que tenemos en el horizonte. Mientras tanto yo seguía yendo y viniendo, contento, porque quedaba realmente lindo.
En aquel momento cuando los tractores tenían rudimentarias cabinas por las que se filtraba todo el calor del motor y los mosquitos felices con mi grupo sanguíneo; tampoco tenían radio o, si algún sofisticado contaba con una, a gatas se escuchaba entre medio del ruido.
Por lo tanto la mejor compañía era uno, mis pensamientos y yo, en un juego de encontrarme; de conocerme e incluso de sorprenderme a mi mismo.
Al final se puso oscuro, ya casi lo tenía listo al potrero. Perdí las referencias a lo lejos, pero ya estaba el surco marcado, solamente no debía torcerme. El día estaba hecho, una hora más y cenar a las diez, me esperaba mi familia, después de un buen baño y a descansar.
Como la vida, con sus idas y venidas, pero siempre con la vista en el horizonte.
(*) Licenciado en Administración Agraria, ex docente y Director de la Escuela Agrotécnica de Aarón Castellanos, ex presidente de la Comuna de Aarón Castellanos
Agosto de 2010 – Segunda Edición



