Necesitamos una visión histórica de unión y concordia

Por Castor López (*)
Las celebraciones del bicentenario de nuestra Nación se están caracterizando por los relatos históricos diametralmente antagónicos acerca de nuestras organizaciones económicas para la producción y la distribución de la misma, especialmente en relación a la situación comparativa de nuestro país en ocasión de su centenario. Muchas de estas visiones retrospectivas, basadas en improductivos prejuicios ideológicos, no solo acentúan las actuales divisiones de nuestra sociedad, sino que también condicionan el camino hacia el tricentenario futuro, transitada una década ya del siglo XXI.
Las posiciones resultan extremas. Desde considerar a la situación de nuestro país en el año 1910 solo como la antitesis de un desarrollo equitativo, hasta suponer a la misma como el paradigma nacional perdido. Seguramente, ninguna de las exageradas visiones es estrictamente valida. Sin desconocer que, objetivamente, la posición relativa de Argentina frente a una misma “canasta de países” nos ubicaba entonces un +20% superior al promedio y hoy nos encuentra un -50% inferior al mismo, demostrando una decadencia nacional de largo plazo.
El prestigioso investigador e historiador económico Pablo Gerchunoff plantea, documentadamente, la hipótesis que los diferentes patrones productivos que ensayó nuestro país durante los últimos 200 años, en realidad disponen de numerosos criterios comunes ante las oportunidades y las restricciones externas que enfrentaban nuestros líderes nacionales. Uno de los principales denominadores comunes seria el de la natural complementariedad histórica de nuestra economía interna con la internacional, siempre mas avanzada.
Así, las decisiones del Presidente Mitre, continuadas por los Presidentes Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman, Pellegrini, Sáenz Peña (Luis y Roque), Uriburu, Quintana y Figueroa Alcorta a lo largo de más de medio siglo estuvieron condicionadas por la revolución mundial en el transporte que significo el ferrocarril y la incorporación de la tecnología del frío en los barcos, que disminuyo los fletes al 10% de su anterior valor, incorporando al comercio interno e internacional todo tipo de productos, en un mundo en el que los gobiernos aun no disponían de las actuales herramientas de control.
De cualquier manera, las protecciones posibles de la época a las economías regionales (vides en Cuyo, frutas y lana en el Sur, azúcar y maderas en el norte, carne y yerba mate en el litoral, etc.) estuvieron siempre relativamente presentes. La revolución industrial mundial ocurrió mientras aun, con suma violencia interna, nos organizábamos políticamente como nación. La complementariedad de nuestras carnes y lanas con los frigoríficos y las hilanderías de Inglaterra resultaba entonces muy natural.
Mas adelante, las Presidencias de De la Plaza, Yrigoyen, De Alvear, Uriburu, Justo, Ortiz, Castillo y Perón, atravesando las 2 grandes guerras mundiales y las crisis globales, nos habría conducido, también naturalmente, hacia la industrialización nacional. Mas que por motivos ideológicos porque se cumplía la ley económica que formuló Engels, al observar que cuanto mas ingreso se disponía en el mundo, una menor porción porcentual del mismo se destinaba al consumo de productos primarios.
Así, desde el Presidente Frondizi hasta Alfonsín, podríamos establecer un relato de unión nacional que, con el necesario realismo, comprenda las limitantes del interactuar histórico de nuestros líderes, cada uno en sus tiempos y sus circunstancias. Incluso, la ultima etapa internacional, iniciada con la caída del muro de Berlín en el año 1989, agrupa las decisiones de Presidentes aparentemente tan disímiles como Menem, De la Rúa, Duhalde y el mismo matrimonio Kirchner. Quizás aún solamente ocurre que la lana del año 1860 era la soja de hoy y la China actual resulta la Inglaterra de entonces.
(*) Diputado Provincial y Presidente de la Junta Promotora de PRO Santiago del Estero, Argentina
Agosto de 2010 – Primera Edición


